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01/02/2010 | Columnista
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A Colonia del Sacramento, ¡Salud!

 
Desde hace 6 años, esta hermosa ciudad se convirtió en mi opción para vivir. Confieso que cuando llegué, las posibilidades de que Colonia "me adoptara" no eran muchas, situación que cambió con el tiempo. Cada vez, su seducción fue más fuerte y yo no me resistí­ demasiado, es cierto.

Y si hoy le tuviera que contar mi experiencia en Colonia del Sacramento a algún turista que nos visita, comenzarí­a más o menos así­: En mis primeros dí­as aquí­, recorrí­ centí­metro a centí­metro el Barrio

Histórico: sus pequeños museos, las calles empedradas, crucé turistas y lugareños, pero todo ese deambular no era otra cosa que un camino de viajero, con remotas posibilidades de residencia y nada más.
Así­ comprobé que en el Barrio Histórico se respira un agradable perfume colonial.

Pero, hasta hoy, cada vez que piso esos adoquines, me siento transportada a una época lejana en los siglos. Es como si aún ahí­ se mezclaran los españoles y los portugueses, entre los turistas curiosos que llegan ávidos por conocer esa porción de un pasado.
Quizás aún están por ahí­ y "habitan" en las casas con paredes de piedra, enganchados a los muros en formas de fantasmas imperceptibles para algunos, pero tan cotidianos para otros.

Vivir en el Barrio Histórico es considerado un privilegio. Allí­ las edificaciones conservan todas las marcas de antaño.
Las ventanas con rejas, bordadas como las más valiosas puntillas tejidas en hierro forjado, sostienen macetas de geranios y malvones colgantes, que dan el toque de color. Desde algunas medianeras cuelgan enredaderas Santa Ritas multicolores, entremezcladas con Madre Selvas, Dama de Noche y jazmines de todos los tipos, perfumes y tonalidades.

El misticismo generalizado está en el aire, que con sólo respirarlo nos transporta en un viaje subyugante.
El Rí­o baña sus costas, justo en su parte más plomiza, por estar tan cerca del Rí­o Uruguay y muy lejano del Océano Atlántico- Eso le da ese color siempre amarronado.
Sin embargo, aunque parezca extraño, su parda tonalidad tiene un atractivo especial.

Salvo durante las noches, aquí­ no se escucha el silencio. Contrario a lo que se puede pensar, Colonia del Sacramento es una ciudad visitada a diario y con ruidos propios.
Cuando despunta el dí­a y la mañana aún está perezosa, ya comienzan a llegar los viajeros. Vienen del puerto, que queda a pocas cuadras del Barrio Histórico. Como las distancias son muy cortas, los turistas ganan en pocos pasos las escasas manzanas del Barrio Antiguo. En sus espaldas cargan mochilas y los disparadores de las máquinas fotográficas no paran ni un segundo. Todo lo quieren registrar.

Este movimiento se prolonga durante todo el dí­a. Si en algún momento, por extraña razón se produce un silencio, el sonar de los cascos de un caballo interrumpe la calma. Ese coche, recorre esta extensión al mejor estilo de los que circularon durante el 1700 ó 1800. Su cochero ataviado de época, oficia de guí­a turí­stico orgulloso del suelo que pisa y así­ pueden oí­rse desde la vereda, las explicaciones que da a los visitantes.

Pero si hay un momento mágico en el dí­a de Colonia del Sacramento, es la hora del crepúsculo. Acercarse a la orilla del Rí­o de la Plata, con la ciudad histórica a las espaldas y observar el atardecer, es un instante imposible de describir con palabras.
He visto muchas puestas de sol, en distintas partes, pero lo que los sentidos experimentan aquí­, nunca llegué a percibirlo en ningún otro

Una noche, me enamoré del silencio del patio de la casa en donde viví­ cuando llegué aquí­. No se oí­a ni una voz, ningún auto pasaba, sólo se escuchaba algún grillo cantarí­n y nada más. De pronto me invadió otra música. Eran las olas mansas que llegaban a la orilla de la playa y con una cadencia de melodí­a, iban y vení­an, vení­an y luego se iban. En ese instante sentí­ que no habí­a ningún otro lugar en el mundo en donde quisiera estar.
Sin embargo, mis dí­as de coqueteo con épocas de antaño, llegaron a su fin y ese entorno se convertí­a, a pasos agigantados, en el hábitat que me recibirí­a o mejor dicho, que yo habí­a elegido como mi lugar en el mundo.

Colonia del Sacramento me habí­a adoptado. Siempre la visité como turista y con fuertes lazos que me uní­an a ella, por mis raí­ces familiares en la ciudad de Carmelo.
Será por eso que al dí­a de hoy, cuando camino por sus callejas históricas, todaví­a puedo apreciar y disfrutar de la Historia que ella nos cuenta. Espero que nunca me deje de invadir este sentimiento de estar de paso a pesar de vivir aquí­, porque no querrí­a Colonia, dejar de valorar todo lo que podés llegar a enseñar a quien te visita.

Aquí­ encontré muchas cosas que quizás buscaba, sin saberlo, desde tiempo atrás. Por eso es que hoy te saludo, en el marco de tu 330º aniversario de fundación y venero toda la Historia que nos das, dí­a a dí­a, a manos llenas.

A Colonia del Sacramento, salud!!!! Y que cada dí­a crezca más y más en todo su desarrollo Turí­stico-Cultural. Realmente lo vale.

Hasta nuestro próximo encuentro.
 

Fuente: Lourdes Zuasti

 
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Comentarios de la Noticia: 6 comentarios para el Columnista Nro. 0
Ana:
Qué lindo homenaje, para disfrutar con todos los sentidos... Me sumo a la evocación y al disfrute de cada sonido y cada perfume coloniense!
Anonimo:
Que bien contado ese sentimiento!que llevamos dentro..por nuestra Colonia del Sacramento.
Alicia C. de P.:
A Lourdes,hija adoptiva de Colonia del Sacramento:salud! Ya que sabe y puede describirla tal como lo hace:con sencillez y frescura,sin olvidar ninguno de los sentidos que la pintan tal cual es..Lula: sos una genia igual a tu papá Guillermo!Besos y felicitaciones.
Miguel Arroyuelo:
Felicitaciones Lourde. A nosotros nos esta pasando lo mismo, ya estamos siendo adoptados y será nuestro lugar para transitar la vejez. Nora y Miguel
teresa cargo:
Soy española y hace cuatro años quede unida en el afecto a Uruguay, pero Colonia, fue el detonante absoluto para desear dejar España y trabajar y vivir alli. Mis dudas son las posibilidades de encontrar un local o casa para comprar o alquilar ya que soy autonoma y he de vivir de un negocio. Me gustaria tener la suerte de que me contestes y me des una idea. abadiaorval arroba hotmail.com
cb.correabustos@gmail.com:
Maravilloso leer esto. maravilloso compartir esta experiencia. Estoy en la etapa de tomar la decisión de ser parte de Colonia y esa magia que describes... Celebro la vida en Colonia ..... es una ciudad y uan gente maravillosa, quiero voler a mi Uruguay querido. Desede años vivo en Argentina y aunque agradecida confieso, no es lo mismo.
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A Colonia del Sacramento, Salud: Desde hace 6 años, esta hermosa ciudad se convirtió en mi opción para vivir. Confieso que cuando llegué, las posibilidades de que Colonia me adoptara no eran muchas, situación que cambió con el tiempo. Cada vez, su seducción fue más fuerte y yo no me resistí­ demasiado, es cierto.: Y si hoy le tuviera que contar mi experiencia en Colonia del Sacramento a algún turista que nos visita, comenzarí­a más o menos así­: En mis primeros dí­as aquí­, recorrí­ centí­metro a centí­metro el Barrio Histórico: sus pequeños museos, las calles empedradas, crucé turistas y lugareños, pero todo ese deambular no era otra cosa que un camino de viajero, con remotas posibilidades de residencia y nada más. Así­ comprobé que en el Barrio Histórico se respira un agradable perfume colonial. Pero, hasta hoy, cada vez que piso esos adoquines, me siento transportada a una época lejana en los siglos. Es como si aún ahí­ se mezclaran los españoles y los portugueses, entre los turistas curiosos que llegan ávidos por conocer esa porción de un pasado. Quizás aún están por ahí­ y habitan en las casas con paredes de piedra, enganchados a los muros en formas de fantasmas imperceptibles para algunos, pero tan cotidianos para otros. Vivir en el Barrio Histórico es considerado un privilegio. Allí­ las edificaciones conservan todas las marcas de antaño. Las ventanas con rejas, bordadas como las más valiosas puntillas tejidas en hierro forjado, sostienen macetas de geranios y malvones colgantes, que dan el toque de color. Desde algunas medianeras cuelgan enredaderas Santa Ritas multicolores, entremezcladas con Madre Selvas, Dama de Noche y jazmines de todos los tipos, perfumes y tonalidades. El misticismo generalizado está en el aire, que con sólo respirarlo nos transporta en un viaje subyugante. El Rí­o baña sus costas, justo en su parte más plomiza, por estar tan cerca del Rí­o Uruguay y muy lejano del Océano Atlántico Eso le da ese color siempre amarronado. Sin embargo, aunque parezca extraño, su parda tonalidad tiene un atractivo especial. Salvo durante las noches, aquí­ no se escucha el silencio. Contrario a lo que se puede pensar, Colonia del Sacramento es una ciudad visitada a diario y con ruidos propios. Cuando despunta el dí­a y la mañana aún está perezosa, ya comienzan a llegar los viajeros. Vienen del puerto, que queda a pocas cuadras del Barrio Histórico. Como las distancias son muy cortas, los turistas ganan en pocos pasos las escasas manzanas del Barrio Antiguo. En sus espaldas cargan mochilas y los disparadores de las máquinas fotográficas no paran ni un segundo. Todo lo quieren registrar. Este movimiento se prolonga durante todo el dí­a. Si en algún momento, por extraña razón se produce un silencio, el sonar de los cascos de un caballo interrumpe la calma. Ese coche, recorre esta extensión al mejor estilo de los que circularon durante el 1700 ó 1800. Su cochero ataviado de época, oficia de guí­a turí­stico orgulloso del suelo que pisa y así­ pueden oí­rse desde la vereda, las explicaciones que da a los visitantes. Pero si hay un momento mágico en el dí­a de Colonia del Sacramento, es la hora del crepúsculo. Acercarse a la orilla del Rí­o de la Plata, con la ciudad histórica a las espaldas y observar el atardecer, es un instante imposible de describir con palabras. He visto muchas puestas de sol, en distintas partes, pero lo que los sentidos experimentan aquí­, nunca llegué a percibirlo en ningún otro Una noche, me enamoré del silencio del patio de la casa en donde viví­ cuando llegué aquí­. No se oí­a ni una voz, ningún auto pasaba, sólo se escuchaba algún grillo cantarí­n y nada más. De pronto me invadió otra música. Eran las olas mansas que llegaban a la orilla de la playa y con una cadencia de melodí­a, iban y vení­an, vení­an y luego se iban. En ese instante sentí­ que no habí­a ningún otro lugar en el mundo en donde quisiera estar. Sin embargo, mis dí­as de coqueteo con épocas de antaño, llegaron a su fin y ese entorno se convertí­a, a pasos agigantados, en el hábitat que me recibirí­a o mejor dicho, que yo habí­a elegido como mi lugar en el mundo. Colonia del Sacramento me habí­a adoptado. Siempre la visité como turista y con fuertes lazos que me uní­an a ella, por mis raí­ces familiares en la ciudad de Carmelo. Será por eso que al dí­a de hoy, cuando camino por sus callejas históricas, todaví­a puedo apreciar y disfrutar de la Historia que ella nos cuenta. Espero que nunca me deje de invadir este sentimiento de estar de paso a pesar de vivir aquí­, porque no querrí­a Colonia, dejar de valorar todo lo que podés llegar a enseñar a quien te visita. Aquí­ encontré muchas cosas que quizás buscaba, sin saberlo, desde tiempo atrás. Por eso es que hoy te saludo, en el marco de tu 330 aniversario de fundación y venero toda la Historia que nos das, dí­a a dí­a, a manos llenas. A Colonia del Sacramento, salud Y que cada dí­a crezca más y más en todo su desarrollo Turí­stico Cultural. Realmente lo vale. Hasta nuestro próximo encuentro. Fuente: Lourdes Zuasti